DISCULPAD EL PESIMISMO

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DISCULPAD EL PESIMISMO

         

          Seguramente ninguno de nosotros seamos conscientes de lo rápido y abruptamente que nos puede cambiar la vida. Quizás asumamos que un accidente o una repentina enfermedad pueden hacer girar nuestro destino 180 grados; pero imaginar que una guerra en territorio europeo, a poco más de 2.500 kilómetros de nuestro país y a punto de llegar al primer cuarto del siglo XXI, ha destrozado la vida de millones de ucranianos, resulta cruelmente intolerable.

          A diario las televisiones, las radios, los periódicos y las redes sociales nos informan del transcurso de la guerra y las dramáticas consecuencias de la misma, traducidas en muerte, destrucción, dolor y rabia. Miles de historias de seres anónimos que huyen, no todos pueden, de la que hasta hace poco más de tres semanas era su casa. Allí donde tenían un futuro por recorrer. Personas que tenían su vida puesta en orden: maestros, agricultores, albañiles, médicos, carpinteros y un sinfín de profesiones más que se ganaban honradamente su jornal. Ciudadanos que contribuían al progreso de su país.

       Ese es el caso de Oleksandr Abramenko, olímpico en cincos ocasiones en la especialidad de esquí acrobático y abanderado de su país en los recientes Juegos Olímpicos de invierno disputados en Pekín, donde además consiguió la medalla de plata, siendo el único deportista ucraniano que se llevó un metal.

           Recientemente se hizo viral la fotografía que ilustra este post, y en la que se ve al deportista acompañado por Alexandra, su mujer, y Dimitry, el hijo de ambos, de apenas dos años.

          Abramenko, que cumplirá 34 años en mayo, es natural de Mikolayiv, a orillas del Mar Negro, donde desemboca el Bug Meridonial, un importante río de Europa oriental con más de 800 kilómetros de longitud. El aeropuerto y los depósitos de combustible fueron atacados por misiles rusos el 25 de febrero y la ciudad quedó sitiada el 3 marzo.

             Abramenko pasó con su familia la noche dentro del coche en el parking subterráneo del edificio donde viven por miedo a ser bombardeados. He buscado noticias sobre él y su familia y, desde entonces, no se ha vuelto a saber nada sobre ellos. Esto no tiene por qué ser una mala noticia, simplemente ha pasado a ser una historia más que llenó unas cuantas páginas para luego quedar olvidada.

         Como la de Nikita Fedotov, un portero de fútbol ucraniano que militó durante temporada y media en el Montijo extremeño y que estuvo a prueba con el Fuenlabrada, y donde unos problemas burocráticos impidieron que fuera fichado por el equipo madrileño de la segunda división. Se supo que se sumó al ejército de su país para defender Dnipro, su ciudad, una población de casi un millón de habitantes situada en la parte oriental del país, a unos 500 kilómetros de la frontera rusa.  

             Son historias que tienen una visibilidad. Como deberían tenerla los más de tres millones de ucranianos que han huido del país o los 15.000 muertos, 100 de ellos niños. Aunque, como en su día dijo el dictador soviético Stalin: “una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística”.

              Cuando Abramenko consiguió la medalla de plata, recibió el abrazo del ruso Burov, quien se había hecho con el bronce. Algo imposible de repetir al día de hoy.

              El deporte, con frecuencia, nos regala imágenes que nos permiten reconciliarnos con el ser humano. A pesar de ello, a mí cada día me cuesta más creer en nosotros como especie. Me vais a disculpar el pesimismo.

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