NO SIEMPRE QUE SE QUIERE, SE PUEDE

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NO SIEMPRE QUE SE QUIERE, SE PUEDE

   

           Hace algunas semanas asistimos a uno de los mayores logros de la historia del deporte, y, en particular, del tenis. A pesar de que Rafa Nadal nos tiene acostumbrados a este tipo de gestas, la sucedida en el Open de Australia, durante muchos minutos, nos pareció imposible incluso hasta para él.

              Medvédev había ganado de manera autoritaria los dos primeros sets y la sensación de dominio y control por parte del ruso resultaba apabullante. Nadal estaba dominado, apenas había puntos en los que llevara la iniciativa, y a duras penas contrarrestaba los latigazos del ruso que, especialmente, dominaba el juego con su saque y su revés.

        A pesar de ello, ocurrió lo que tradicionalmente ha sucedido en muchos de los partidos del mallorquín, la carga psicológica cambió, la responsabilidad comenzó a pesar en exceso, igual que cada bola en cada golpe, y Nadal, no sin sufrimiento, terminó por llevarse un título que a día de hoy le encumbra como el mejor tenista de todos los tiempos.

        A partir de ese instante las redes sociales se inundaron de halagos, las crónicas de los periódicos deportivos y generalistas, así como las radios y las televisiones, hablaban de una hazaña sin precedentes y de una victoria histórica al convertirse en el primer tenista que consigue ganar 21 títulos de Gran Slam.

             Más tarde hubo gente que se atrevió a analizar los motivos por los cuales Nadal ha conseguido llegar a ser como es, y su tío, con cierta ironía, se unió a este grupo. En un interesante artículo publicado en El País y titulado ‘La imprescindible escuela de la dificultad’, estableció alguna que otra analogía y explicó, con la autoridad que le otorga el hecho de haber sido su entrenador durante tantos años, los motivos por los cuales Nadal se ha convertido en el deportista más competitivo de todos los tiempos.

         Yo no me voy a detener en las razones por las cuales esto es así, puesto que no he formado parte del proceso de aprendizaje que Rafa Nadal ha seguido para convertirse en quien es. Aunque sí reflexionaré sobre la corriente de ‘buenismo’ que deja la estela de cada una de sus victorias.

         El resumen vendría a ser algo así como: “si quieres, puedes”. Es decir, Nadal como paradigma de todo aquello que requiera de un propósito de superación. ‘Sé un Nadal en tu día a día’, este podría ser el eslogan. Lo cual resulta tan burdo como falso, primero porque la educación que recibió el tenista, y sus vivencias, distan mucho de las de la mayoría. Sometido a una exigencia diaria extraordinaria, y seguramente que cuasi insoportable para la gran mayoría, construyó una estructura mental privilegiada. Muy pocas personas serían capaces de someterse a ese proceso y no serían muchos los maestros que llevasen tal exigencia hasta ese extremo.

             Por último, no por ello menos relevante, y relacionado con esa serie de charlatanes que han surgido como la espuma en los últimos tiempos (especialmente en el coaching deportivo) y nos venden la milonga de que cualquier objetivo es posible si realmente nos proponemos conseguirlo. Esa es una de las mayores patrañas de la sociedad actual.

        No siempre que quieres logras tus objetivos. En la gran mayoría de ocasiones porque no dependen única y exclusivamente de uno mismo. Lo que debemos hacer es esforzarnos noblemente para tratar de conseguirlos y sentirnos recompensados por dicho esfuerzo; pero pensar que siempre vamos a lograrlo simplemente por nuestro sacrificio, y aún estando cualificados para ello, únicamente provoca frustración propia y el beneficio de tanto embaucador sacamuelas que nos quiere vender una sociedad que realmente no existe. Y el deporte, como casi siempre, es un fiel reflejo.

     

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