KALININGRADO

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KALININGRADO

          Fueron cinco las ocasiones; la primera de ellas a principios de octubre. La climatología aún era benigna a pesar de estar a orillas del Báltico, y la experiencia bien merecía cualquier tipo de inclemencia, al menos durante aquella primera ocasión.

       Kaliningrado es un pequeño trozo de tierra entre Polonia y Lituania que, en diferentes épocas perteneció a distintos países hasta que los rusos se hicieron con ella debido a su situación estratégica.

Seguramente Rusia no sea la misma que en los tiempos del telón de acero pero, a pesar de ello, no es un país para tomárselo a broma.

        Llegamos después de ocho horas de autobús tras cruzar gran parte de Polonia desde el oeste del país hasta la citada frontera. Descendimos casi con el mismo entusiasmo de unos colegiales que se disponen a empezar su viaje de fin de curso, aunque pronto descubrimos que aquello iba estar lejos de ser un parque de atracciones.

        No resultó complicado superar el único control aduanero que establecía la policía polaca, fue un chequeo rutinario de pasaportes. Aquella expedición, formada por una veintena de personas, en la que la media de altura se situaba en torno a los dos metros, agarró los mangos de sus maletas para caminar los 800 metros que separaban Polonia de Rusia.  Alguno tuvo la inocente osadía de sacar alguna foto, aunque la persuasiva policía polaca rápidamente disuadió a aquellos que lo intentaron.

        Me sitúe al final del grupo para tomar perspectiva de una estampa que no tenía desperdicio. Tipos enormes arrastrando las ruedas de unas maletas en un lugar que parecía el último confín. Por un momento me pareció inaudito que aquella expedición tuviera como objetivo jugar un par de partidos en tierras rusas, en lugar de la huida de quienes buscan refugio en una tierra desconocida.

        Nos esperaban dos militares rusas que nos tomaron la temperatura, chequearon visualmente nuestros pasaportes y comprobaron nuestras PCR negativas. Dos de los nuestros hablaban ruso, lo que hacía que entender lo que pasaba resultara un poco más sencillo para unos cuantos polacos, un letón, un croata, un danés, tres americanos y un español.

        No tardamos mucho en comprender que aquello no iba a ser un chiste por mucho que tanta nacionalidad hiciera pensar lo contrario. Esperamos de pie, a la intemperie, sin que nadie nos diera explicaciones. Mientras, por aquella frontera únicamente cruzaban camiones, coches y furgonetas; lo que dejaba de manifiesto que el tránsito de personas era algo inusual. Las rusas iban y venían, entraban en una garita, se iban a una oficina situada a unos 15 metros, revisaban los pasaportes de los conductores y levantaban y bajaban las barreras.

        Seguramente pasamos aquel primer control cuando el Vladimir de turno lo tuvo a bien, lo mismo nos ocurrió un kilómetro más allá cuando nos sellaron las visas, trámite que se prolongó durante casi dos horas. La clemencia del tiempo hacía tiempo que había dejado de ser tal, aunque nuestro humor estudiantil nunca decayó. Y todo eso a pesar de tener que superar un tercer control tras caminar parecida distancia a los tramos anteriores.

        En aquella ocasión hicimos el viaje de regreso, por la misma frontera, con dos derrotas y varios afectados por coronavirus, aunque, afortunadamente, al cruzar aún no habían aparecido los síntomas. Hubiera sido la mar de divertido pasar una cuarentena en aquel trozo de terreno.

        Las otras veces deportivamente nos fue bastante mejor, pero la experiencia no por conocida nos dejó indiferentes; como cuando el equipo regresó durante una Nochebuena.

        El deporte profesional no siempre tiene el glamur que se le presupone y mucho menos en tiempos de pandemia.

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